jueves, 23 de enero de 2014

Paseo misterioso hacia el trasmundo


      Como sabemos El estudiante de Salamanca un poema narrativo del autor pacense José de Espronceda publicado en 1840. Gracias a la adición del personaje del donjuán, de la locura de doña Elvira, de la impresionante ronda espectral, de la visión del propio entierro y de la mujer representada como esqueleto, se configura un extraordinario poema de la noche, puesto que se sitúa en el intervalo temporal que hay desde la madrugada hasta el amanecer, y de la muerte. La muerte en relación con el amor pero, a mi entender, no puramente por amor como otras obras de la Literatura Universal. Es el amor en su concepción romántica, pasional, extremado y descomedido.

Las estrofas finales nos desvelan que don Félix de Montemar y su carácter arrogante, desafiante e irrespetuoso ante Dios no es únicamente una fachada exterior con el fin de  ocultar una imagen más cercana y sentimental, sino que se mantiene invariable, incluso, al presenciar su propio entierro.

Diga, señor enlutado,
¿a quién llevan a enterrar?
-Al estudiante endiablado
don Félix de Montemar»-,
respondió el encapuchado. .
-Mientes, truhán. -No por cierto.
-Pues decidme a mí quién soy,
si gustáis, porque no acierto
cómo a un mismo tiempo estoy
aquí vivo y allí muerto. .

La dama misteriosa y la persecución por las calles solitarias hacia el trasmundo envuelven estos versos. Cada paso que avanza detrás de ella le acerca más a la muerte, pero él se muestra inmutable hasta el final, no da su brazo a torcer, se cree por encima de Dios y del diablo.

-Cada paso que avanzáis.
lo adelantáis a la muerte,
don Félix. ¿Y no tembláis,
y el corazón no os advierte
que a la muerte camináis?
«Seguid, señora, y adelante vamos:
tanto mejor si sois el diablo mismo,
y Dios y el diablo y yo nos conozcamos,
y acábese por fin tanto embolismo.

En definitiva, pese a las innumerables lecturas que se pueden establecer acerca del sentido final de la obra, podemos deducir que el protagonista concluye su vida en las profundidades del Averno por su perversa y egoísta existencia.

El fantasma esqueleto de doña Elvira abraza intensamente a don Félix hasta que éste va perdiendo poco a poco la conciencia, la visión y, aturdido por el agobio de un grupo de esqueletos que danza alrededor de la pareja, acaba muriendo reclinando la cabeza en el hombro de ella. Lo último que oye es su suspiro. Momento en el que el alba ilumina la ciudad de Salamanca y sus habitantes despiertan para dirigirse cada uno a sus tareas. En estas primeras horas corre el rumor de que uno de sus vecinos más conocido había muerto de manera extraña esa noche.

¡Que era pública voz, que llanto arranca
del pecho pecador y empedernido,
que en forma de mujer y en una blanca
túnica misteriosa revestido, .
aquella noche el diablo a Salamanca
había en fin por Montemar venido!...
Y si, lector, dijerdes ser comento,
como me lo contaron, te lo cuento.

viernes, 17 de enero de 2014

El primer amor de doña Inés

Don Juan Tenorio es un drama romántico perteneciente al literato José Zorrilla estrenado el 28 de marzo de 1844 en el Teatro de la Cruz de Madrid. Nació en la leyenda medieval hecha famosa por Tirso de Molina, El burlador de Sevilla, durante el Siglo de Oro.

Una vez presentada la obra de José Zorrilla, debo focalizar mi segunda entrada acerca de este drama romántico en el personaje de doña Inés. Doña Inés es inocente, pura y cree en el amor verdadero. Frente a ella, como ya sabemos, hay todo un seductor, trasgresor del orden social, entusiasta, burlador, escéptico, arrogante, libertino, pendenciero y ventajista, un galán capaz de encandilar a cualquier mujer según su antojo.

La joven,  envuelta en pureza y virginal, enclaustrada en vida en un convento, fue víctima de la labia de Don Juan, y a lo largo de la historia llega a decirle:

Callad, por Dios, ¡oh, don Juan!,
que no podré resistir
mucho tiempo sin morir
tan nunca sentido afán.
¡Ah! Callad por compasión,
que oyéndoos me parece
que mi cerebro enloquece
se arde mi corazón.
¡Ah! Me habéis dado a beber
un filtro infernal, sin duda,
que a rendiros os ayuda
la virtud de la mujer.

Sus palabras muestran el miedo propio al primer amor, la caída de la muralla protectora de su castidad, que nunca antes nadie había derribado, el haber probado de la manzana prohibida como de un filtro infernal. Incluso, la cercanía de la muerte. Todo ello lo provoca don Juan a quien la dama pide compasión aunque no podemos saber si verdaderamente, en ese estado, querría distanciarse de él.



Doña Inés encarna una serie de valores universales, que el propio don Juan ansía, como son la generosidad, la vida y el amor en oposición a egoísmo, muerte y deseo de perdición.  Sin embargo, por culpa de un amor apasionado, turbulento y contrariado, doña Inés se encuentra de manera injusta con una temprana muerte. Podríamos afirmar, sin caer en el error, que fueron sus valores, su ingenuidad, su belleza y el misterio que el hábito escondía, lo que acercó a don Juan a doña Inés y viceversa.

Las prisas del amor

Mariano José de Larra representa una de las más altas figuras del panorama literario español del XIX. Exponente del costumbrismo e impulsor del género ensayístico, publica en prensa más de doscientos artículos a lo largo de tan sólo ocho años.  Dentro de su aportación costumbrista, vamos a valernos de este artículo titulado “El casarse pronto y mal” publicado en El pobrecito hablador el 30 de noviembre de 1832.

Aunque pudiésemos pensar que este artículo, al igual que el resto de títulos publicados por el autor madrileño, se centra en un tema concreto debido a su reducida extensión, ocurre totalmente lo contrario. Estamos ante una representación fidedigna de las dos caras de la moneda observables en el panorama social español del momento. Por un lado, tenemos la España de ideas conservadoras y tradicionales, del respeto a las costumbres y a lo que cada una de ellas conlleva. Así la describe Larra:

“se rezaba diariamente el rosario, se leía la vida del santo, se oía misa todos los días, se trabajaba los de labor, se paseaba las tardes de los de guardar, se velaba hasta las diez, se estrenaba vestido el domingo de Ramos, y andaba siempre señor padre, que entonces no se llamaba «papá», con la mano más besada que reliquia vieja”.

 Frente a ese sector poblacional, la otra España, su antónimo de carácter moderno influenciado por las modas francesas traídas a la península por el reinado josefino. Podemos valernos del siguiente fragmento donde se contrapone todo lo anterior:

“esta segunda educación tenía tan malos cimientos como la primera, se dejó de misas y devociones, sin saber más ahora por qué las dejaba que antes por qué las tenía. Se había de educar como convenía; que podría leer sin orden ni método cuanto libro le viniese a las manos, y qué sé yo qué más cosas decía de la ignorancia y del fanatismo, de las luces y de la ilustración, añadiendo que la religión era un convenio social en que sólo los tontos entraban de buena fe, y del cual el muchacho no necesitaba para mantenerse bueno; que «padre» y «madre» eran cosa de brutos, y que a «papá» y «mamá» se les debía tratar de tú, porque no hay amistad que iguale a la que une a los padres con los hijos”.

Y sumergidos en este ambiente divisorio, la educación más desenfadada y afrancesada conllevó que dos jóvenes, después de haber pasado por todos los pasos que el proceso amoroso conlleva, eso sí, de manera sumamente rápida, contrajeran matrimonio  sin importarles su sustento futuro. Como dos enamorados, presos de su locura, se enfrentaron a sus progenitores, venciendo el sentimiento que los adueñaba. Sin embargo, el tiempo y las desgracias, cuando son continuas, por lo general, repercuten de manera negativa en el amor, y éste se va volviendo rutinario, enfadado y egoísta, hasta llegar a diluirse. Fue así como ella abandonó a su joven marido, y en los brazos del engaño y el adulterio, murió con su amante tras ser descubiertos.

El amor conllevó la muerte del marido también, el cual despedía su vida por medio de una carta cuya destinataria era su madre. Quizás, gran responsable de su fatal destino. En definitiva, Larra habla superficialmente de una historia de amor, que oculta una lección acerca de la enseñanza, el respeto a los mayores y la madurez a la hora de tomar las decisiones que marcarán el destino del individuo.


jueves, 9 de enero de 2014

Del donjuán a Don Juan

            Don Juan Tenorio es el prototipo amoroso masculino que ha conquistado de manera más extraordinaria la literatura, en general, y el teatro, en particular. Hablamos de un personaje que mostrará una profunda evolución dentro de la obra a medida que el sentimiento amoroso por doña Inés se va apoderando de su personalidad inicial.

Este proceso gradual de modificación de su actitud a través de la obra se sustenta en dos ejes principales. El primero de ellos es lo que don Juan cree que siente por doña Inés en un principio, y que a lo largo de la trama va configurándose como amor,  y el otro es aquel que está en función de la salvación o la condena del protagonista.

Si nos detenemos en el inicio de la historia, podemos reconocer en don Juan a un verdadero burlador. Es en esta primera parte donde el protagonista pone en evidencia su cinismo y su desenfado. De este modo, partiendo de este fragmento, podemos observar como muestra una actitud totalmente reacia y de burla frente al amor.

DON LUIS. ¡Por Dios, que sois hombre extraño!
¿Cuántos días empleáis
en cada mujer que amáis?

DON JUAN.  Partid los días del año
entre las que ahí encontráis.
uno para enamorarlas,
otro para conseguirlas,
otro para abandonarlas,
dos para sustituirlas,
y una hora para olvidarlas.

La frialdad de sus palabras, su ironía, su arrogancia y la ausencia de remordimientos, se traducen en que para don Juan el amor es un juego frívolo. Se juega la vida con arrogancia en cada aventura en la que sólo pone empeño de conquista. Nuestro protagonista no concibe el amor más allá del placer. Su vida se reduce a una continua búsqueda de pasión erótica en la cual las mujeres adquieren un papel de víctimas cuando son dejadas en el olvido.

Sin embargo, el proceso evolutivo del que antes hablábamos llega con doña Inés. Es el primer instante en el que la hombría, el orgullo y el egocentrismo de don Juan pasan a un segundo plano debido a la hermosura que reconoce en la joven. Por tanto, es en este momento cuando la apuesta planteada con don Luis deja de ser relevante. Asistimos pues, a las primeras manifestaciones de su evolución: don Juan empieza a sentir y desear la figura de Inés sin conocerla siquiera.

            Los síntomas del amor se hacen todavía más patentes cuando don Juan, tras raptar a doña Inés, reconoce el amor desde una visión más espiritual. La atracción física por su hermosura deja paso a la valoración del alma. Don Juan califica el amor que siente como algo no terrenal y lo asocia a la clemencia de Dios que pretende salvarlo. El amor es la solución a su mal comportamiento anterior y al daño causado en tantas ocasiones:

No es, doña Inés, Satanás
quien pone este amor en mí:
es Dios, que quiere por ti
ganarme para él quizás.

Es la primera vez que él mismo cree en su considerable transformación. Se hace notoria por tanto la evolución desde el burlador de mujeres hacia el amante de una sola mujer con la que pretende compartir matrimonio.

Finalmente, en la última escena de la obra, ya situados en el cementerio, el cambio es total: el protagonista rompe el modelo de pensamiento romántico por excelencia y la razón supera a la pasión. La última decisión de don Juan es la más racional de su existencia.

Suéltala, que si es verdad
que un punto de contrición
da a un alma la salvación
de toda una eternidad,
yo, Santo Dios, creo en Ti:
si es mi maldad inaudita,
tu piedad es infinita…
¡Señor, ten piedad de mí!.


La lectura del final de Don Juan Tenorio deja entrever la sensación de que al negar su esencia don Juan pierde su ser y de este modo se condena a sí mismo. En definitiva, la concepción de donjuán que pasa a la literatura y al propio lenguaje castellano es la inicial, la del seductor que con tan solo una mirada podía rendir a cualquier dama, ese don Juan que contaba los muertos atravesados por su espada y las mujeres que pasaron por su cama.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Amor en el Don Juan Tenorio

El Don Juan Tenorio de Zorrilla es la personificación literaria más popular que se haya hecho del legendario personaje “don Juan”, que ya había sido inmortalizado con anterioridad por grandes escritores como Tirso de Molina, Lord Byron o Molière. En la obra, Zorrilla presenta, y con bastante éxito, preocupaciones, sentimientos y deseos de los españoles del siglo XIX. Para ello, utiliza todo tipo de recursos para intensificar la acción y dotarla de mayor teatralidad.

Como algo usual de la época, los románticos españoles preferían expresar su visión del mundo aludiendo a unos temas que, básicamente, coinciden en el fondo y con el enfoque tradicional del romanticismo europeo. Como en todas las épocas, siempre están presentes los sentimientos del hombre ante unos valores básicos y muy repetidos: el amor, la religión, la vida, la muerte...

El amor es la clave para los románticos. No se trata de un amor sereno y sosegado, sino más bien un amor desatado, furioso incluso ciego. En relación con esta visión del amor surgen una estimativa diferente y un papel nuevo de la mujer. Era usual ver la figura de la mujer como un ángel de amor, una persona inocente, muy bella, fuente de ilusiones para el corazón del hombre. El sufrimiento que padece doña Inés queda patente a la hora de su muerte. Una muerte que se produce de pena, al comprender que don Juan y ella nunca podrán estar junto a pesar de amarse profundamente el uno al otro.

Nuevamente el alma de don Juan aparece como una especie de Satanás, de un ser con poderes satánicos. Esto quedará solucionado al final de la obra cuando doña Inés intercede por su figura para salvarle de la condena del infierno, que es lo que pretendía desde el primer momento la aparición de el Comendador y logra que ambos suban al cielo entre un apoteosis de ángeles y cantos celestiales.

Opuesto al desenlace de la obra, hemos elegido unos versos donde aparece la actitud frívola, díscola y chulesca del personaje protagonista. En esta secuencia, don Juan ejerce un poder atractivo muy elevado para las mujeres que son sus víctimas:

DON LUIS:
¡Por Dios que sois hombre extraño!
¿Cuántos días empleáis
en cada mujer que amáis?

DON JUAN:
Partid los días del año
entre las que ahí encontráis.
Uno para enamorarlas,
otro para conseguirlas,
otro para abandonarlas,
dos para sustituirlas,
y un hora para olvidarlas.

Tras este parlamento, podemos ver cómo don Juan sale victorioso y triunfante de su fin, pero no contaba con que quedaría atrapado por su propia trampa. Tanta fue la insistencia por conquistar a doña Inés, que puso en su tarea todo el empeño y el alma; incluso tuvo que superarse a sí mismo. Sin embargo, el burlador del amor cayó en los lazos del amor.

Finalmente, algo muy característico también que debemos destacar de esta obra es el escenario empleado: la naturaleza y la ciudad. Por una parte, se juega con una naturaleza que se presenta, sobre todo, en sus formas agrestes y salvajes. No es el jardín cuidado e idealizado, sino el bosque sombrío y lleno de peligros, el cementerio, las tumbas abandonadas o abiertas... siempre en un ambiente nocturno. Los románticos tenían predilección y gustan de asociar estos elementos naturales con los sentimientos. No hay que olvidar que la primera parte de la obra se sitúa en la ciudad; mientras que la segunda, gran parte, transcurre en el panteón de la familia.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Puente hacia un nuevo héroe

            El “Don Juan” ha sido una estampa con muchísimo recorrido en el Romanticismo, especialmente, sirviendo de foco central para la dramaturgia del momento: Macías, de Larra, La conjuración de Venecia, de Martínez de la Rosa, Don Álvaro o la fuerza del sino, del duque de Rivas, El trovador, de García Gutiérrez, Los amantes de Teruel, de Hartzanbusch, o incluso El estudiante de Salamanca, de José de Espronceda. No obstante, José Zorrilla dará un sorprendente vuelco a dicho personaje en su Don Juan Tenorio, como veremos.

            Desde el principio, Zorrilla concibió su obra intensamente cristiana, en comparación  con el resto de representaciones paganas del romanticismo de su época, y ello lo observamos abiertamente desde la concepción del amor por parte del autor. En el Don Juan Tenorio, el amor romántico comienza adoptando forma de poder, rebelión y fuego, así como una liberación de los poderes del Antiguo Régimen. Sin embargo, lo que Zorrilla acabará defendiendo no es el incendio de amor, ni el volcán violento, pese a que ello tenga mucha presencia en el alma del drama, sino que apuesta por el concepto tradicional de amor puro, casto y espiritual del Antiguo Régimen. De este modo, en el desenlace descubrimos la salvación redentora no sólo ya de un amor romántico, sino más bien de una sociedad ordenada y de una salvación cristiana de la misma. Así pues, hay algo más que pasión y rebeldía desenfrenada.

            Para nuestro análisis, nos centraremos fundamentalmente en nuestro “Don Juan”, en don Juan Tenorio. En un principio, somos testigos de unos versos que lo retratan según el canon de héroe romántico: es, ante todo, un rebelde por naturaleza, además de orgulloso y egocéntrico; ama a muchas mujeres, mata por gusto, no acepta las restricciones sociales (representadas por ejemplo en las potestades de don Diego y don Gonzalo); lo motivan la arrogancia, el lujo, la codicia y la aventura; desafía a quien sea para alcanzar sus metas, sin respetar ni temer a nada ni a nadie; a veces se ve en necesidad de ir embozado para huir de las autoridades, etc. Sin embargo, advertimos poco a poco puntos que lo separan de este prototipo romántico: por ejemplo, tiene fortuna y prestigio, y al principio no es presentado como un personaje noble, obediente e inocente, sino que se expone su maldad, sus crímenes y sus pecados, sin tapujos; se muestra al personaje tal cual es:

                       Por donde quiera que fui,               Yo a las cabañas bajé,
                               la razón atropellé,                             yo a los palacios subí,
                               la virtud escarnecí,                            yo los claustros escalé,
                               a la justicia burlé                                y en todas partes dejé
                               y a las mujeres vendí.                        memoria amarga de mí.

            No obstante, lo que realmente distinguirá a Don Juan Tenorio, a diferencia de los otros “Don Juanes”, es la novedosa actitud que tomará a partir de las últimas escenas de la primera parte y toda la segunda parte, consecuencia de la vuelta al Antiguo Régimen por parte del autor, que pretende transmitir un mensaje confortable y religioso.   La trayectoria de nuestro protagonista circulará del mal al bien, de lo negativo a lo positivo, de la frustración a la esperanza, de la criminalidad a la bondad, de la insurrección a la humildad, al contrario que los tradicionales héroes románticos y contemporáneos a él.

            Por otro lado, su memorable arrepentimiento al final, que cancela la rebelión romántica y lo transforma paradójicamente en ángel, mensajero de la esperanza y de la Buena Nueva.  Don Juan es víctima, podríamos llegar a decir que hasta mártir, no sólo de un amor ardiente y apasionado, más tarde incontrolable y violento, sino también de su naturaleza, de un destino trágico en el fuego infernal.  Cuando entra en el panteón de su familia, ese volcán de amor sufre una serie de transformaciones: parte de ser una imagen cuyo poder lo amenaza y confunde a luego convertirse en un fuego purificado y en cierto modo místico por la Fe sólo gracias a su arrepentimiento y a la intervención redentora de doña Inés. Y es que lo único que puede dominar el fuego volcánico y explosivo es la vuelta al bien, al amor espiritual y divino.

                ¡Aparta, piedra fingida!                                                   da a un alma la salvación
                suelta, suéltame esa mano,                                              de toda una eternidad,
                que aún queda el último grano                                        yo, Santo Dios, creo en Ti;
                en el reló de mi vida.                                                        si es mi maldad inaudita,
                Suéltala, que si es verdad                                                tu piedad es infinita…
                que un punto de contrición                                             ¡Señor, ten piedad de mí!


            A modo de conclusión, señalemos que, aunque no a simple vista, don Juan Tenorio jugó un papel realmente trascendente en la renovación de la figura predeterminada del protagonista romántico, aceptando y adoptando en sí y para sí todo aquello contra lo que luchaba el héroe contemporáneo a él.  Es, en definitiva, el paso del héroe romántico al gentilhombre que navega a contracorriente, surcando los océanos literarios del incipiente siglo XIX.


Amor, fuego abrasador

            El amor ha sido, es y será siempre un asunto esencial de la vida de cada ser humano, forjándola y conduciéndola por sus diversas sendas, unas más halagüeñas y favorables que otras. Nosotros concentraremos nuestra atención en la historia que acaba germinando entre doña Inés y don Juan Tenorio, regada y nutrida por una apuesta, una osadía, una pirómana pasión, una pura e inocente alma, unos años de silencio y una viva esperanza al final… Sí, hablamos de una revolucionaria obra en el contexto romántico; hablamos del Don Juan Tenorio, drama escrito por José Zorrilla cuya primera edición fue publicada en 1844, seguida de tres tiradas nuevas en 1845, 1846 y 1849.

            Observamos cómo el amor se va transformando y cobrando forma y fuerza conforme la obra va simultáneamente creciendo y dando sus primeros pasos. Si pudiéramos reunir todo el contenido amoroso de este drama religioso, usaríamos la palabra fuego, y con ella todos sus derivados: hoguera, chispa,  llama, volcán, imágenes pirotécnicas que reflejan la intensidad de la pasión amorosa o, por el contrario, un inevitable y eterno tormento.

            Siguiendo las huellas del catedrático David T. Gies, descubrimos al fuego como punto central en esta ficción, actuando como casi un personaje con  suficiente poder como para manejar a su antojo la voluntad de los protagonistas. Es un elemento que puede ser tan abrasador y purificador como condenatorio e infernal, una llama amorosa o un sol ardiente cuyo refulgente albor crece hasta transformarse en algo terrible y voraz. Advertimos esta fogosidad, por ejemplo, en la carta y en las palabras de amor que ésta incluye, quemando asimismo la inocencia de doña Inés:

            Ay, se me abrasa la mano                              (Lee)
            con que el papel he cogido.                                       “En vano a apagarla
            […] No sé… El campo de mi mente              concurren tiempo y ausencia,
            siento que cruzan perdidas                            que doblando su violencia,
            mil sombras desconocidas                             no hoguera ya, volcán es.
            que me inquietan vagamente;                         Y yo, que en medio del cráter
            y ha tiempo al alma me dan                           desamparado batallo,
            con su agitación tortura.                                suspendido en él me hallo
                                                                                    entre mi tumba y mi Inés”.

            Todo tendría su origen en una fortuita chispa, en una pequeña hoguera, en algo tan sencillo e insignificante como una llamita que, casi sin poder advertirlo a tiempo, ya ha crecido y en un incontrolable fuego se ha convertido. He aquí la naturaleza del amor, un recorrido in crescendo:

            De amor con ella en mi pecho                        y esta llama que en mí mismo
            brotó una chispa ligera,                                  se alimenta inextinguible,
            que han convertido en hoguera                      cada día más terrible
            tiempo y afición tenaz;                                   va creciendo y más voraz.

            Durante el Barroco, este fuego se entiende como una irrupción diabólica, una ruptura de leyes divinas y humanas que constituyen el mundo ético y creador de la cultura. Sin embargo, en el Romanticismo nos encontramos con un fuego explosivo, un yo satánico, una rebelión triunfante sobre el ideal de sumisión; el fuego ha pasado del caído espíritu de Satanás al alma gloriosa del héroe romántico.

            Doña Inés, a diferencia de las protagonistas heroínas del Romanticismo, posee la esencia del amor cristiano. Es decir, su amor no es un trivial amor de mujer, sino un amor de caridad cristiana, por lo que aquí el mismo amor ha dado un paso más en su progreso, no se ha quedado en lo prácticamente carnal. De este modo, vemos en doña Inés a una mujer resignada, generosa e inocente, a un alma que se sacrifica por un amor incondicional. Después de ser seducida por don Juan Tenorio, será ella quien se “queme”, no el convento. Y en cuanto a esto último, es muy curioso que don Juan Tenorio salvase a doña Inés de las “llamas” de aquel convento, pues mucho más tarde, en el desenlace de la obra, es Inés quien salva a don Juan del fuego infernal.

            Por otro lado, nuestro don Juan Tenorio, consciente del poder de seducción de sus palabras. Ya desde el comienzo del drama, nuestro protagonista aparece tremendamente enraizado con el fuego, la luz y el volcán, que más tarde lo transformarían en ceniza en la última extinción de su misma existencia. En definitiva, Don Juan es el propio fuego y su alma es propiamente una copa de ardor y perversidad. Hay personajes que lo testifican, tales como el escultor, que tomará la palabra en la segunda parte y dice: “Tuvo un hijo este don Diego / peor mil veces que el fuego, / aborto del abismo”.  Don Juan corre paradójicamente el riesgo de condenarse a ser fuego y a arder eternamente en esta forma después de haber usado precisamente el fuego para seducir a doña Inés.  Zorrilla evitará que don Juan acabe condenándose y transforma el fuego condenatorio e infernal en un fuego divino y purificador. Así, nuestro protagonista reconoce su culpa arrepentido y acepta la gracia divina en forma del amor de doña Inés, la cual resurge de su sepultura y le tiende una mano para salvarlo, la misma mano que se abrasó con aquella carta años atrás… Y es entonces cuando le damos paso a la magia…

            Cae don Juan a los pies de doña Inés, y mueren ambos. De sus bocas salen sus almas representadas en dos brillantes llamas, que se pierden en el espacio al son de la música. Cae el telón.


            Únicamente nos cabría añadir que doña Inés y don Juan Tenorio, víctimas de la piromanía de su creador, José Zorrilla, dejaron que las llamas de la pasión encendieran sus almas hasta que en mismas llamas ascendieron al cielo.