Es evidente que El estudiante de Salamanca es una obra sujeta a múltiples lecturas en función de las épocas históricas y de los sujetos particulares; ahora bien, las preguntas que, a primera vista, podría plantearse el lector del siglo XXI cuando se enfrenta al análisis de este célebre texto romántico serían fundamentalmente dos: ¿Estamos ante una interpretación tradicionalista del amor o, por el contrario, encontramos un tratamiento transgresor del amor por parte de Espronceda?
Ante todo, es conocido que Espronceda es uno de los grandes exponentes del Romanticismo liberal en España junto al Duque de Rivas. Lógicamente, ese liberalismo literario y político de Espronceda se traduce en una visión progresista o transgresora en relación a temas como el amor, la religión o el honor, tal como se hace visible en muchas de sus obras. Ahora bien, en el caso de El estudiante de Salamanca, yo he optado por hacer una interpretación maniquea de la obra según la cual el amor se plantea en términos de lucha entre el Bien y el Mal. Según esta idea, el trasfondo de la obra es primitivo y moderno al mismo tiempo. Primitivo por su planteamiento maniqueo del amor (Élvira/Félix, Bien/Mal, virtud/vicio, celestial/infernal) y moderno por el hecho de que ese maniqueísmo se presenta tamizado a través del filtro de los nuevos postulados románticos.
Si atendemos a la figura de don Félix, percibimos que este personaje es dibujado desde el principio como un ser temerario, ante el mundo y ante Dios. Él no teme a la Divinidad y se atreve a desafiarla en múltiples ocasiones.
Vuestros ruegos me han valido
encomendadme otra vez,
don Juan, al diablo; no sea
que si os oye Dios, me vea
cautivo y esclavo en Fez
Desde la perspectiva cristiana, las palabras de Montemar constituyen una continua blasfemia e irreverencia. Él no se encomienda a Dios, sino al diablo; sus actos, gestos, palabras e intenciones están al servicio del Mal hasta tal punto que, al recibir la noticia de la muerte de Élvira, no muestra ni la más mínima lástima por ella. Su actitud es fría, diabólica y, en cierta manera, inhumana:
Calma, don Diego,
que si vos os morís luego,
es tanta mi desventura,
que aún me lo habrán de achacar,
y es en vano ese despecho,
si se murió, a lo hecho, pecho,
ya no ha de resucitar
En estas palabras de Félix, podemos comprobar la absoluta frialdad del personaje ya que, además de no sentir pena alguna por la muerte de Élvira, niega la Resurrección, no dejando por tanto ninguna ventana abierta que posibilitara la salvación del alma de la mujer que por su culpa ha muerto.
Por tanto, todos los rasgos con los que se caracteriza al personaje de Félix son negativos, convirtiéndolo en un personaje asimilable al diablo.
Grandiosa, satánica figura,
alta la frente, Montemar camina,
espíritu sublime en su locura
(...)
Segundo Lucifer que se levanta
del rayo vengador la frente herida
alma rebelde que el temor no espanta
En este sentido, podemos decir que la fuerza del Mal, encarnada en don Félix, termina venciendo a las fuerzas del Bien, representadas por Élvira. La muerte de ésta representa el triunfo de lo diabólico. Ahora bien, si acudimos al final de la obra, encontramos que Montemar se adentra en un espacio oscuro y lleno de sombras:
Y al fin del largo corredor llegando,
Montemar sigue su callada guía,
y una de mármol negro va bajando
de caracol torcida gradería
(...)
Y, envuelto en el violento torbellino,
al aire se imagina, y se desprende,
y sin que el raudo movimiento ceda,
mil vueltas dando, a los abismos rueda:
y de escalón en escalón cayendo,
blasfema y jura con lenguaje inmundo,
y su furioso vértigo creciendo,
y despeñado rápido al profundo,
los silbos ya del huracán oyendo,ya ante él pasando en confusión el mundo, .
ya oyendo gritos, voces y palmadas,
y aplausos y brutales carcajadas;llantos y ayes, quejas y gemidos,
mofas, sarcasmos, risas y denuestos,
y en mil grupos acá y allá reunidos,
(...)
A mi modo de ver, estos versos están mostrando una visión infernal, en la que los confundidos lamentos y el giro en perpetuo remolino nos remite a la Divina Comedia de Dante y a la concepción cristiana del infierno.
Y algazara y gritería,
crujir de afilados huesos,rechinamiento de dientes. (Evangelio segun San Mateo 13, 50)
y retemblar los cimientos,
y en pavoroso estallido
las losas del pavimento
separando sus junturas
irse poco a poco abriendo,
siente Montemar, y el ruido
más cerca crece, y a un tiempo
escucha chocarse cráneos,
ya descarnados y secos,
temblar en torno la tierra,
bramar combatidos vientos
Por tanto, concluiríamos que la obra acabaría con la condenación de don Félix de Montemar, que ha sido llevado al infierno
(...)
aquella noche el diablo a Salamanca
había en fin por Montemar venido!
La vida de Montemar se apaga definitivamente, ahogándose su voz atormentada por el fuego eterno que lo abrasa.
Y vio luego
una llama
que se inflama
y murió
y perdido,
de un gemido
que expiró
...
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